La cofradía de la Piedad suspende su primera llegada a la carrera oficial por la amenaza de una lluvia que respetó al resto de las hermandades

Tarde de felicidad incompleta
Al Miércoles Santo le arrancaron la rama nueva, la que prometía florecer con toda modestia pero con la fragancia de la devoción. Se la arrancaron antes de que pudiera dejar ni una hoja verde en el corazón de Córdoba, que la esperaba en las primeras horas de la tarde sin poder creerse lo que había pasado. Corría la noticia como la pólvora entre los cofrades que esperaban en la calle Buen Pastor: la cofradía de la Piedad había suspendido su procesión.
No es que vivieran despreocupados de lo que pasaba en Las Palmeras, es que no podían creer que el cielo amenazara tanto, porque era la hora en que las demás aguardaban la hora de salir.
A las dos de la tarde se tenían que haber abierto las puertas de la iglesia de San Antonio María Claret, pero dentro se desarrollaba una tragedia. Sobre el cielo, el tono grisáceo y las predicciones pintaban un horizonte de incertidumbre que devino en tragedia, la de una cofradía que tenía que haber cumplido su primera cita con la carrera oficial de la Semana Santa y tenía que suspenderla por miedo a la lluvia. Su hermana mayor, Pilar Torrecillas, explicó entre lágrimas que le habían dado una probabilidad de lluvia de un 60 por ciento. Demasiado para quien tiene que estar en la calle más de doce horas y aunque no tenga demasiado patrimonio, ha trabajado «toda la vida» por sus enseres. «Hasta última hora había ilusión, pero se nos ha echado el cielo en lo alto», dijo. El obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, había acudido a arropar a la cofradía y se encontró con que tuvo que confortarla y secar el desconsuelo. Poco después de la suspensión los hermanos rezaron el rosario y al poco el barrio de Las Palmeras pudo ver al Cristo de la Piedad y a María Santísima de Vida, Dulzura y Esperanza Nuestra en su calvario de claveles rojos e iris morados. Cruel castigo para quienes desde 1972 esperaban en el horizonte este momento y tuvieron que aplazarlo.
En vano esperaron Ciudad Jardín y la Trinidad a que por allí presentase el barrio de Las Palmeras su embajada al resto de la ciudad, que se preparaba lentamente para el Miércoles Santo. No amaneció, como solía, por San Basilio, sino en la estrechez de la calle Buen Pastor, y no fue una estampa inmutable, sino una sorpresa. No venía con el misterio del Perdón, aunque hubiera cambiado a la agrupación musical de la Estrella por las cornetas de la Merced. Vestido con túnica blanca, en contraste con el tono oscuro del paso y las vestiduras de las imágenes, al Señor se le veía un aire diferente, pero no tanto como la Virgen del Rocío y Lágrimas.
No era sólo la restauración que ha hecho su autor, Francisco Romero Zafra, sino algo nuevo. La imagen iba cobijada en un nuevo palio, este de cajón y de terciopelo rojo en lugar del verde con corbatas que estrenó en 2000. De él caían dos borlones en el frontal y otros dos en la trasera. Nueva corona, de estilo antequerano y aire antiguo, de Emilio León y un tocado mucho más sobrio y luctuoso. De la bulla a la sobriedad en un solo año sin olvidar la música. «Esto es otra cosa», dijeron admirados muchos cofrades cuando se encontraron con la sorpresa de verla así.
La candelería
Lo que vino después sí confirmó lo que se esperaba del Miércoles Santo. Por San Basilio la tarde era un paso de caoba y una alfombra de iris morados para que los pisara el Señor de la Pasión, pletórico en sus primeros metros y en todo su camino hasta el Arco de Caballerizas, a las seis de la tarde. No defraudó la candelería nueva de la Virgen del Amor, con más de 150 puntos de luz, llena de originalidad en la composición y con una original combinación de flores blancas y rosas en las jarras. Un exquisito tocado antiguo completaba las ofrendas a la imagen cuando pasaba por un barrio de San Basilio radiante de cal.
Y del blanco al blanco. Casi a la misma hora, se ponía en la calle la Paz y Esperanza, con el recuerdo de don José Gálvez Galocha, capataz y hermano mayor durante años y fallecido en la víspera del Viernes de Dolores. El misterio venía otra vez con flores claras, a juego con la túnica y en contraste con el oro de la canastilla. Con la Virgen, todo otra vez fue ternura y delicadeza. Hubo quien suspiró por saber que sería la última vez en un tiempo que se viera en la calle el palio de las palomas, que se sustituirá el próximo año. Dentro de él, la Virgen de la Paz llegaba con el refinamiento extremo que ha adoptado en los últimos años, y el manto bordado en plata ya tomando algo más de contraste en su tercer año por las calles de Córdoba. Jacintos blancos en las jarras, la rama de olivo en las manos y otra vez los faldones verdes —Paz y Esperanza— después de que el año pasado los llevara blancos, y el mismo entusiasmo con que el pueblo de Córdoba la recibía de día y de noche, ya con la tez pálida dorada por la candelería.
Cuando ha salido la Virgen de la Paz, lo más intenso y emocionante de la Semana Santa de Córdoba ha comezado y ya son todo estampas que se repiten año tras año. O casi. Cantaban las voces de su escolanía la letra de «Paz y Esperanza» mientras la cuadrilla de costaleros del paso de misterio volvía a lucirse y a levantar murmullos de admiración entre quienes esperaba en la calle Torres Cabrera y la plaza de Colón.
Por el Realejo subía poco después el Calvario y vestía de morado la tarde. Vuelta a la solemnidad con el caminar del Señor, que aún sin zancada y con la túnica bordada era capaz de dar la impresión de que se dirigía hacia el lugar de la muerte cargando con el propio instrumento del suplicio. Aquí no cambiaba nada en su estampa ni en su alfombra de claveles.
Un fino exorno de flores, siempre a juego con la composición piramidal de la candelería, se había ofrendado a la imagen, la de más alta mirada al cielo, enlutada en su manto y en su saya. Estaba a esas horas cayendo la tarde, pero en una Semana Santa tan tardía cuesta que llegue la noche. Por San Pedro llegaba la nueva estampa precisamente donde menos se esperaban otras veces los cambios, en el esperado paso del Cristo de la Misericordia. Lo mejor que se puede decir es lo que su cofradía esperaba, que es el mismo pero más rico, que no ha cambiado la estampa de los años 40, pero sí que ha mejorado, que la silueta con los candelabros de farol vuelve a presidir la plaza de San Pedro. Sin perder nada, es un paso mejor en todos los conceptos de lo que era aquel que tantos Miércoles Santos vivió y que se presentaba. Iba sobre un calvario de alhelíes morados que daban el toque oscuro a un trono que no podía ocultar el tono nuevo del pan de oro y la policromía aplicada en la iconografía.
La tarde ya era anochecida cuando se puso en la calle Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo, Ella sí igual que siempre, en el palacio inconfundible de su paso y el oro y el malva con el sabor del tiempo. En sus rosas blancas se fue ganando la noche, que se vivió llena de emoción en cinco lugares pero siguió con la pena honda de lo que pudo haber sido y no fue por culpa de un camino demasiado largo, una nube amenazante y la frialdad de un porcentaje que se hizo presente a última hora y sólo obligó a acelerar.
Fuente de la Noticia: ABC Córdoba
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